Cebolla

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SE DICE en el cuarto libro de Moisés, el de Números, que cuando los israelitas andaban errantes por el desierto del Sinaí, se acordaban de los alimentos que comían en Egipto; y se citan específicamente las cebollas, los ajos y los puerros. Cabe pensar, pues, que las cebollas, junto con otros vegetales, ocuparon un lugar importante en la dieta de los esclavos constructores de pirámides, hace ahora más de 3.500 años. 

Sin embargo, las cebollas aportan muy pocas calorías a la dieta, especialmente cuando se está realizando un ejercicio físico intenso; tampoco se puede decir que su sabor sea delicioso. Así que aquel pueblo de rudos esclavos debió añorar las cebollas, sobre todo por sus propiedades medicinales: ¡Cuántos de ellos debieron de enfermar de bronquitis o neumonía mientras pisaban el frío lodo con el que fabricar los ladrillos de abobe!

En la cebolla, como en las otras aliáceas (ajos y puerros), los israelitas posiblemente encontraron un alimento-medicina que les ayudó a prevenir y curar las afecciones respiratorias, además de otorgarles vigor y salud.

En nuestros días, la cebolla continúa siendo uno de los alimentos con mayor poder curativo.

 

Propiedades e indicaciones

Ningún nutriente destaca cuando se examina la composición de la cebolla. Las 38 Kcal/100g que aporta, proceden en su mayoría del contenido en glucosa, sacarosa y otros hidratos de carbono (6,83%). Las proteínas están presentes en un pequeño porcentaje (1,16%), aunque notable tratándose de una hortaliza. Su contenido en grasas es prácticamente despreciable (0,16%).

Las vitaminas están todas presentes (excepto la B12), aunque en pequeñas cantidades. Igualmente ocurre con los minerales, entre los que destaca únicamente el potasio (157 mg/100g). Entre los oligoelementos, el más abundante es el azufre, que forma parte de la esencia volátil.

Las sales minerales de la cebolla se convierten en carbonatos de reacción alcalina al pasar a la sangre, lo cual explica el notable efecto alcalinizante de este bulbo. Los alimentos alcalinizantes facilitan la eliminación de las sustancias de desecho que se producen en nuestro organismo, que son todas ellas de naturaleza ácida.

En contraste con esta composición poco relevante en cuanto a nutrientes, la cebolla es muy rica en sustancias no nutritivas dotadas de una gran actividad fisiológica:

  • Aceite esencial: Es el responsable del típico olor de la cebolla. Es un aceite muy volátil, que se evapora fácilmente. Su composición es muy compleja, pues está formado por la mezcla de más de cien sustancias diferentes, entre las que destaca el disulfuro de alilo y el tiosulfinato.

  • FLAVONOIDES: Son sustancias de tipo glucosídico que favorecen la circulación sanguínea, impiden la formación de coágulos (acción antiagregante plaquetaria) y bloquean la oxidación de las lipoproteínas de baja densidad (un tipo de grasa de la sangre), causante de la arteriosclerosis. La cebolla es rica en quercitina, uno de los flavonoides más activos. En un estudio llevado a cabo en la Universidad de Wageningen (Holanda) se ha demostrado que la quercitina se absorbe bien en el intestino, tanto cuando procede de cebolla cruda como cocinada.
    A las sustancias que forman este aceite esencial y a los flavonoides, se atribuyen la mayor parte de las propiedades de la cebolla: antibiótica, pectoral, antiasmática, protectoras del corazón y de las arterias, diurética y antitumoral.


La cebolla contiene además otras muchas sustancias no nutritivas con acciones no tan definidas como las de los dos grupos anteriores. Entre ellas destacan las siguientes:

  • Enzimas: La cebolla es rica en sustancias enzimáticas como las oxidasas y las diastasas, que tienen una acción dinamizadora sobre los procesos digestivos.

  • Glucoquina: El doctor Eschneider la define como una “hormona vegetal” que tiene la facultad de reducir el nivel de glucosa en la sangre. Esto explica la acción favorable de la cebolla en caso de diabetes.

  • Fibra vegetal (1,8%), que contribuye a su acción hipolipemiante (disminuye la absorción de colesterol) y antidiabética (retrasa el paso de azúcar a la sangre).

Se han descrito muchas propiedades medicinales de la cebolla, y se ha recomendado para numerosas afecciones. Puesto que su aceite esencial es muy volátil e impregna rápidamente todos los tejidos del organismo, es lógico pensar que pueda actuar sobre múltiples órganos. Sin embargo, vamos a mencionar únicamente las aplicaciones dietoterápicas que han sido investigadas y probadas científicamente:

  • Afecciones respiratorias:    Los compuestos azufrados que forman el aceite esencial de la cebolla pasan rápidamente a la sangre nada más llegar al estómago, y se eliminan en primer lugar por los pulmones. A ello se debe que a los pocos minutos de haber comido cebolla, el aliento ya haya adquirido un olor característico. La cebolla produce un efecto mucolítico (deshace la mucosidad espesa), expectorante (facilita la eliminación de las mucosidades bronquiales) y antibiótico sobre gérmenes gram-positivos.

  • Todas las infecciones de las vías respiratorias, desde la sinusitis hasta la bronquitis y la neumonía, mejoran con el consumo de cebolla, preferiblemente cruda, aunque también hervida, asada o en jarabe.

  • Asma bronquial: En la clínica infantil de la Universidad Ludwig-Maximilians de Munich (Alemania), se comprobó que el tiosulfinato, uno de los componentes del aceite esencial de la cebolla, es capaz de frenar la respuesta alérgica bronquial en caso de asma.
    Además, se ha comprobado que el tiosulfinato de la cebolla actúa también sobre el centro respiratorio del tronco cerebral, produciendo una dilatación de los bronquios.
    Estas investigaciones justifican plenamente el uso de la cebolla cruda en caso de asma bronquial, por su acción antialérgica y broncodilatadora. Los efectos beneficiosos de la cebolla sobre los bronquios se dejan sentir a los pocos minutos de haberla ingerido.

  • Arteriosclerosis y afecciones coronarias: Cada vez son mayores las evidencias de que el consumo de cebolla evita la arteriosclerosis, impide la trombosis (formación de trombos o coágulos dentro de las arterias y venas) y mejora la circulación de la sangre por las arterias coronarias. En el año 1989, un estudio realizado en la Universidad de Limburg (Maastricht, Holanda), concluía que la acción beneficiosa de la cebolla sobre el sistema cardiovascular no estaba suficientemente demostrada. Sin embargo, en 1996, varias investigaciones pusieron de manifiesto que quienes consumen más cebollas y manzanas (dos de los alimentos más ricos en el flavonoide quercitina), tienen un menor riesgo de morir a consecuencia de infarto de miocardio.

  • El consumo habitual de cebolla en cualesquiera de sus formas previene la arteriosclerosis, hace más fluida la circulación sanguínea en todas las arterias y reduce el riesgo de padecer una complicación grave como el infarto de miocardio.

  • Aumento de triglicéridos en la sangre: Los triglicéridos, formados por ácidos grasos y glicerina, son uno de los tipos de grasa que circula por la sangre. Un nivel elevado de triglicéridos favorece la arteriosclerosis y las enfermedades coronarias. Se ha demostrado que el consumo de extracto acuoso de cebolla (agua de cebolla) reduce el nivel de triglicéridos en la sangre y en el hígado. Además, la cebolla aumenta el nivel de colesterol HDL (el llamado colesterol “bueno”), que evita la arteriosclerosis.

  • Afecciones renales: Aumenta el volumen de orina, facilitando la eliminación de sustancias de desecho por su acción alcalinizante. Conviene en la dieta de los que padecen litiasis (cálculos), infecciones urinarias o algún grado de insuficiencia renal.
     
  • Diabetes: Reduce el nivel sanguíneo de glucosa, por lo que constituye un alimento muy recomendable para los diabéticos.

  • Afecciones hepáticas: Estimula la función desintoxicadora del hígado, igual que favorece la acción de las otras glándulas digestivas productoras de jugos. Muy recomendable en caso de insuficiencia hepática por hepatitis crónica o cirrosis.

  • Cáncer: Una investigación llevada a cabo en China, y patrocinada por el Instituto Nacional de Cáncer de los Estados Unidos, mostró que quienes consumen más cebollas y ajos tienen un riesgo mucho menor de padecer cáncer de estomago. Otras investigaciones ponen de manifiesto la capacidad de la cebolla, así como del ajo, para inhibir el desarrollo de las células tumorales y neutralizar las sustancias cancerígenas.
    Está pues justificado el consumo abundante de cebollas como preventivo y como complemento del tratamiento de determinados tipos de cáncer, como el de estómago y el de colon. Sin embargo, otros estudios llevados a cabo en Holanda, muestran que la cebolla carece de efecto en caso de cáncer de mama o de pulmón.

 

  1. Cruda: Es la forma ideal de consumirla, aunque para ello debe ser tierna. Lavándola durante unos minutos en agua, y aliñándola después con limón, se atenúa un poco su picor. Quienes padecen úlcera gástrica o gastritis deben consumir las cebollas hervidas o asadas.

  2. Hervida en agua: Desaparece su picor y se tolera mejor, pero también disminuyen sus efectos medicinales. Conviene que el tiempo de hervor sea muy corto (menos de un minuto), y tomar también el caldo.

  3.  Asada: Resulta muy sabrosa; aunque cuanto más tiempo pase al fuego, menores serán sus efectos medicinales.

  4. Jarabe de cebolla: Se hierven varias cebollas cortadas a rodajas. Después de machacarlas hasta formar una pasta, se añaden unas cucharadas de miel o azúcar moreno.

  5. Agua de cebolla: Se obtiene poniendo a macerar una cebolla cruda troceada en un vaso de agua durante unas horas.

 

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